El virtuoso arte de perderse para encontrarse ( 2ª y 3º parte)

By noviembre 15, 2016Conciencia, Espiritualidad

Hoy continuaré con esta pequeña historia.

Mi historia.

Pero no será como las que se cuentan en la prensa rosa o en la prensa del corazón donde salen a la luz intimidades o detalles sobre la vida privada de las personas.

No.

No será este tipo de historia.

Esa, creo que no te aportaría nada.

Así que no te contaré muchas intimidades biográficas, no te preocupes.

Lo que sí te contaré es cómo monté de forma inconsciente una historia que al final me creí y se convirtió en una vida distorsionada.

Te contaré cómo monté un gran teatro que acabó convirtiéndose en una cárcel para mi.

Te contaré cómo monté el personaje y  cómo me dejé llevar por él.

Te contaré cómo y porqué me arrastró y se hizo con el control de mi vida.

Y te contaré como me olvidé de mi alma y me dormí lentamente sin que yo me enterara.

Me ha costado una gran crisis personal, económica y existencial, donde a momentos, siéndote lo más sincero posible y perdón por la expresión, las he pasado más putas que Caín como se dice vulgarmente, pero he despertado y me he dado cuenta de muchas cosas.

Muchas de ellas son las que te vengo contando noche tras noche desde hace año y medio.

Pero hoy te diría cuatro o cinco más.

Que son las que tienen que ver con un alto sentido de la trascendencia de tu existencia..

Que vienes a este mundo a experimentar la dualidad para descubrir la unicidad, o dicho más coloquialmente, a montar un personaje para después darte cuenta de que no eres el personaje y así poder abandonar la lucha para vivir en paz y serenidad.

Que vienes aquí solo, caminas solo y te vas solo y los demás sólo te acompañan para darte las señales y  las pautas necesarias para que evoluciones.

Todo lo que ves ahí delante es un gran escenario que pone la vida a tu disposición para que evoluciones hasta el infinito, hasta donde tú quieras, porque esto nunca se acaba.

Que vienes a este planeta a ser quien realmente eres ofreciendo al mundo toda la magia y toda la luz que hay en ti independientemente de lo que digan, piensen, sientan y opinen los demás.

Que vienes a cumplir tus sueños, aquellos que te ilusionaban cuando eras todavía un niño inocente y puro.

Y que en esencia, sea cuales sean los personajes, todos somos lo mismo.

Ya lo decía en el post anterior.

Que lo importante no es tener, hacer, conseguir o buscar.

Eso son necesidades del personaje.

Lo importante es SER.

Y descubrir tu esencia para ser auténtico, único y original.

Porque cuando descubres quien eres, aparece y brota todo lo demás.

Aparece lo verdaderamente importante en tu vida.

Dejas de moverte por carencia y te mueves por abundancia.

Dejas de utilizar el “tengo que” o el “debo de “para utilizar el “quiero”.

Y dejas de aguantar o soportar para empezar a fluir o a disfrutar.

Porque sólo SERÁS una vez.

Hasta que te vayas.

Y si no lo haces ahora, no lo harás en toda la eternidad.

Así que una cosa es el personajillo que te montas para moverte por aquí y la otra es lo que ERES y lo que has venido a SER.

Una cosa es la energía pura.

Y la otra la distorsión.

Una cosa es el ego.

Y la otra, la esencia.

Y en esencia, somos  lo mismo.

Y no sólo SOMOS TODOS LO MISMO, sino que también buscamos lo mismo.

Y en esa búsqueda es precisamente cuando nos distorsionamos.

En esa búsqueda  es cuando aparecen todos los personajes del gran teatro de la vida.

Buscamos que nos quieran.

Que nos amen.

Que nos reconozcan.

Que nos valoren.

Que nos respeten.

Que nos abracen.

Que nos comprendan.

Que nos den libertad.

Que nos protejan.

Que nos cuiden.

Que nos mimen.

Y que nos den cariño.

Dicho en pocas palabras, buscamos desesperadamente AMOR.

Aunque casi todos públicamente se lo callen.

O lo que es peor, que ni siquiera sepan que lo buscan y se crean aquello de “es que yo soy así”.

Y no es que sean así, es que llevan tantos años buscando AMOR sin encontrarlo que su cuerpo se ha “chutado” inconscientemente de rabia, frustración, miedo, tristeza, culpabilidad, auto exigencia o cualquier otro patrón sin ni siquiera saberlo y dicen que son así.

No son así.

Su personaje es así.

Ellos no.

Ellos son energía con capacidad suficiente para ser lo que quieran ser.

Así que ya lo sabes.

Cuando me refiero a ellos, también me refiero a ti.

ERES lo que quieras ser.

Sólo has de proponértelo y ponerter a trabajar.

Reinventarte de nuevo y volver a nacer.

Lo único que necesitas es AMOR.

AMOR en mayúsculas.

Tan sencillo, tan fácil  y tan complicado como eso.

Ya te iré diciendo en esta saga cómo integrártelo para que tú seas el AMOR y vivas la vida como tal.

Porque a todo esto hay un problema.

Que desde que nacemos aprendemos a buscarlo fuera.

Se nos enseña que el AMOR está en el exterior.

Resulta que llegas a un planeta donde hace miles de millones de años se mira hacia afuera.

Y ahí te quedas.

Mirando y buscando  fuera el resto de tu vida.

Y fuera es justo el único lugar donde no se puede conseguir ese “no se qué” que se necesita para ser feliz, abundante y estar en paz con la vida.

Porque fuera de ti nada es verdadero.

Todo es una proyección, donde si se consigue sólo es temporal e ilusorio y sólo sirve para satisfacer al personaje.

Para llenar la vanidad del ego.

Pero no la esencia.

Por eso nos distorsionamos como nos distorsionamos y nos perdemos como nos perdemos.

Bajo una apariencia de adultos hechos y derechos,  todos somos niños y niñas que andamos vagando, caminando o corriendo por este mundo sin saber muy bien cómo vivir lo que nos toca vivir.

Sin saber qué hacer con los momentos de incertidumbre.

Sin tener ningún librito de instrucciones que nos permita controlar las situaciones que van llegando.

Huyendo y resistiéndonos a nuestro propio dolor.

Y sin tener herramientas para gestionar nuestros miedos, ni nuestras penas, ni nuestras rabias y frustraciones ni nuestra vida en general.

Y en ocasiones vivimos sin entender muy bien lo que hacemos aquí, ni lo que buscamos ni porque sentimos lo que sentimos, ni porque pensamos lo que pensamos ni muchas veces, ni porque hacemos lo que hacemos.

Y en realidad es porque nadie nos dijo de qué iba esta historia, ni nadie nos preparó ni nadie nos enseñó lo que nos debían de haber enseñado.

Un día llegamos a este mundo.

Nacimos.

Crecimos.

Nos metieron en la cabeza lo que quisieron.

Lo que buenamente supieron.

Lo que pudieron.

O lo que a ellos previamente les habían metido.

Primero nuestros padres.

Después la escuela.

Y más tarde la sociedad.

Sólo nos hablaron de un pecado original.

Del cielo y del infierno.

De rezar.

De un tal Dios que si te portabas mal te castigaba eternamente.

Y si te portabas decentemente (o sea, si hacías lo que alguien quería que hicieras), te daba un premio abriéndote las puertas celestiales  (eso si, después de muerto, no fuera  que aquí disfrutaras demasiado)

De lo que estaba bien.

De lo que estaba mal.

De la culpa (¡cuánto daño ha hecho la religión!)

De lo que se podía hacer.

De lo que no.

De lo que debías mejorar (nunca o casi nunca de lo que hacías bien)

De que había unas normas que seguir.

De una ética.

De una moral.

De los ríos.

De las matemáticas.

De las capitales del mundo.

De las tablas de multiplicar.

De la religión.

De las ciencias naturales.

Pero nadie nos habló ni nos explicó  de qué iba esto del RECONOCIMIENTO.

Y jamás nadie hizo nada por integrarnos que nosotros también existíamos.

Ni nadie habló del respeto absoluto por uno mismo y por la vida, ni de la valoración, ni de la libertad de ser quienes somos, ni de los límites ni de nada que tuviera que ver con el ser humano más integral.

Nadie nos dijo que nosotros teníamos que trabajarnos interiormente.

Nadie nos dio la oportunidad descubrirnos.

Nadie nos enseñó a sacar lo mejor de nosotros  y en su lugar nos metieron  lo peor de todos ellos.

Nadie nos explicó que todo empezaba y acababa en nosotros.

Nadie nos explicó que la luz existe en nuestro interior (se nos dijo lo contrario, que éramos unos pecadores)

Nadie nos contó que trabajándonos desplegaríamos todo nuestro potencial  y podríamos dar al mundo lo que hemos venido a dar.

Ni nadie nos enseñó a gestionar esta maravilla del Universo con la que vinimos aquí para vivir esta experiencia terrenal.

Nadie nos dijo quiénes ÉRAMOS.

Nadie te enseñó quién eras tú.

Ni quién era yo.

Ni quién era ella.

Ni quién era nadie.

Y claro, así estamos.

Que no tenemos ni puñetera idea de lo que es el reconocimiento ni por uno mismo ni por los demás.

Y la gran mayoría estamos perdidos.

Sufriendo.

Pasándolo mal.

Peleándonos los unos con los otros.

Luchando por querer siempre tener la razón, olvidándonos de que todos tenemos la nuestra, la que es válida para nosotros según nuestros parámetros mentales.

Desgastándonos buscando fuera reconocimiento, valoración y respeto sin que podamos conseguirlo.

Intoxicándonos relacionándonos de forma insana  con el mundo entrando en peleas y discusiones continuamente perdiéndonos en detalles totalmente absurdos que nada tienen que ver con la vida sino con la percepción que tenemos de la vida.

Identificándonos hasta tal punto con nuestros pensamientos y nuestras creencias que nos matamos los unos a los otros olvidándonos de lo que significa vivir esta experiencia humana.

Y la gran mayoría, dormidos y perdidos, sin saber muy bien qué ha de hacer para salir de ese bucle donde estamos metidos.

Si alguien nos hubiera contado de qué iba esta historia y cómo se jugaba a esta partida muy probablemente habría menos maltratos, menos bullying, menos violencia, menos discriminación, menos agresiones, menos delincuencia, menos  de todo.

Y mucho más respeto por la vida y por el ser humano.

Porque en este planeta, el auténtico respeto por la vida no sabemos ni lo que es.

No tenemos ni idea.

Somos pequeñas almas enfundadas en personajillos limitados, egocéntricos, vanidosos e inconscientes que andamos, la gran mayoría perdidos, enfadados, frustrados o fundidos sin saber muy bien a dónde vamos ni de dónde venimos.

Pero aquí estamos.

Haciendo lo que podemos, lo que sabemos, lo que nos han enseñado o lo que hemos tenido la oportunidad de aprender.

Y todos, absolutamente todos, seamos lo que seamos, ejecutivos, directivas, cocineros, artistas, bailarinas, pintoras, creadoras de moda, estudiantes, o seamos lo que seamos, en muchos momentos de nuestras vidas nos sentimos vulnerables o muy vulnerables.

Pensando que somos los únicos a los que nos pasan estas cosas.

Los únicos que cargamos con grandes mochilas a nuestras espaldas.

Los únicos que tenemos grandes limitaciones.

Grandes bloqueos.

Los únicos con dudas que nos asaltan continuamente.

Con preguntas.

Interrogantes.

Miedos.

Desconfianzas.

Inseguridades.

Tristezas.

Traumas.

Experiencias desagradables.

¡¡Cuando eso es justo la experiencia humana!!

Y precisamente en la aceptación de esa experiencia está la trascendencia hacia un estado de vibración mucho más alto donde se encuentra la felicidad sostenida, la abundancia y la paz interior.

Pero como nadie, absolutamente nadie, o casi nadie se acepta tal y como es.

Vulnerable.

Nadie trasciende el sufrimiento.

Y así estamos.

Regodeándonos con el sufrimiento, la resistencia, la lucha y la infelicidad.

Cuando el cielo está aquí mismo, pero es un estado de vibración más alto, a puntito para que lo toques con la punta de los dedos.

Pero como parece que a este mundo se tenga que venir con la lección aprendida ( cuando lo que se viene es precisamente a aprender esa lección)  y no puedas mostrarte como lo que realmente eres, así estamos.

Y precisamente por eso.

Por no ser auténticos.

Por no ser quienes somos.

Por querer huir de nuestra propia vulnerabilidad.

Por no enfrentarnos a nosotros mismos.

Y por querer aparentar que somos quien sabe qué.

Precisamente por eso, el mundo está fatal.

Lleno de rabia, de dolor, de frustración, de miedo y de tristeza.

El mundo está mal por desamor.

Si, por desamor hacia uno mismo.

Y desamor hacia los demás.

Porque nadie nos contó nada del ser humano ni de su gestión.

Ni de su inconsciente.

Ni de sus emociones.

Ni de su mente.

Ni de su cuerpo.

Ni de sus células.

NI de sus reacciones.

Ni de sus recursos.

Ni de todas las herramientas que el Universo nos dio y perdimos por el camino.

Ni nadie nos enseñó a hacer brillar la luz interior para iluminar al mundo exterior.

Justo fue al revés.

Nos metieron lo peor del mundo exterior y se nos apagó la luz interior.

Y en esta saga me he propuesto contarte lo que nadie te contó para que puedas “conectar” y hacerlo al revés.

Encender tu luz interior para iluminar al mundo exterior.

Que es así como se hace.

Y no cómo nos contaron.

Yo ya lo he aprendido y lo he integrado.

Por eso estoy aquí.

Contándote la historia de un reencuentro.

El mío.

Que no deja de ser una bonita historia de amor.

Que también es la tuya.

Es la nuestra.

Porque AMOR en mayúsculas no significa acostarse con alguien.

Nada tiene que ver con el sexo.

Ni siquiera con enamorarse.

Ni con quererse.

Ese es el amor en minúscula.

Esta historia va de AMOR en mayúsculas.

De la mayor vibración que existe en el Universo.

De RECONOCMIENTO.

De reconocerse a sí mismo para reconocer a los demás.

Y de reconocer a los demás para reconocerse a sí mismo.

De reconocer la vida que se expresa a través de ti y de todo lo que ves.

De reconocer lo sagrado de la vida y de lo humano.

Es una historia de AMOR INCONDICIONAL.

De esto va esta historia que estamos  viviendo todos aquí en la Tierra aunque todavía no nos hemos enterado.

De esto.

De amor incondicional.

Y cuando sepas de qué va esto del amor incondicional y lo integres te darás cuenta de que el cielo no está donde te contaron.

Y no sólo eso.

Te darás cuenta de que nunca te expulsaron del paraíso.

Porque el paraíso sigue estando aquí.

Pero ni lo ves ni te das cuenta porque tu venda no te lo permite.

Y la venda no es más que falta de AMOR.

Así que empieza a integrar ahora y aprovecha.

Porque mientras estés aquí lo podrás sentir, oler, saborear, ver, oír y tocar.

Pero cuando te vayas ya será demasiado tarde.

Y si has venido al  paraíso es para eso.

Para sentirlo y para vivirlo.

Rafa Mota

Personal Coach

www.rafamota.com

 

 

 

Rafa Mota

Rafa Mota

Estudié económicas, prefiriendo la filosofía, y viví durante más de veinte años en el mundo de los negocios, del estrés y del dinero sin encontrar nunca esa “felicidad” que tanto buscaba y anhelaba. Hasta que la vida, tras una gran crisis económica, financiera, personal y existencial, me puso en mi lugar. Y me di cuenta de una cosa: el gran secreto de la vida no es ni hacer, ni tener, ni buscar… es SER. Esta es la base del éxito personal.

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